
Te pido disculpas, fuiste víctima de mi desconfianza con la pluma.
Sólo quería decirte que deseaba mucho que olvidaras tan vergonzoso recuerdo.
Pero las palabras que brotaban en mi cabeza, no las quería sembrar en aquella carta.
Aunque irónicamente me dejé llevar del instante, y lo que llegó ante tus ojos,
no era más allá que una fotografía de la recocha que plasmamos en ella.
Llena de ocurrencias e incluso con estrofas de tu canción favorita en ese instante.
Todos la firmaron con la misma tinta,
hasta distinguir claramente un collage de frases sin sentido.
Y como toque final, y envuelto por aquel toque de locura,
quise pintarte mi sentencia de muerte con las últimas palabras.
Lo peor no fue haberla escrita,
porque lo disfruté haciéndola junto con los demás,...
la verdadera amenaza fue cuando me la tomé en serio,
me la tragué de un sorbo como si fuera su único creador;
en un impulso te la entregué, y la sellé con todo mi ser de ese momento...
Como broma habría quedado genial, y luego,
reponerla con otra nueva sería mi responsabilidad,
pero me esclavisé de palabras ajenas;
y en tu risa, hallé el quiebre de mi pequeña esencia...
Fue un arrebato de pocos instantes, me dejé llevar,
perdí la razón, y con ella,
me perdí en la soledad de un absurdo abismo creado por mi.
Los años han pasado, y aún aquel recuerdo sigue latente.
No había logrado deshacerme de aquel sentimiento,hasta este preciso momento.
En el que cara a cara te digo: Lo siento...
Disculpa, ahora puedes viajar libremente en mi memoria,
he regresado de la penumbra a recuperar los pequeños detalles,
que le dieron la vida, a mis hermosos recuerdos...










